El infierno, viaje de ida

En Uganda el 58% de los enfermos de SIDA son mujeres. A las mujeres las contagian sus maridos, que a su vez son contagiados por prostitutas, una relación que forma parte de los ritos de virilidad en este país. Cuando el marido fallece, la esposa se ve obligada a prostituirse para alimentar a sus hijos seropositivos y posiblemente haya de mantener a los huérfanos de sus hermanas, muertas también a causa del SIDA o de enfermedades relacionadas con él: cáncer, tuberculosis, pulmonía...

La viuda infectada es repudiada por su familia, arrojada de su casa por los hermanos del esposo, privada de su herencia y culpabilizada de la muerte de su marido, aunque sea él quien la contagió.

Condenadas a muerte y sin esperanza, con el miedo clavado en el alma, sin una mano tendida que las ayude y lanzando una súplica a los oídos sordos de los países ricos que les niegan medicamentos, así viven las mujeres en Uganda, así mueren, con una pasmosa normalidad que no nos inmuta, porque bastante tenemos con nuestros problemas como para vivir acongojados por un sufrimiento lejano y ajeno.

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