Cónclave

El más alto dignatario de la Iglesia no deja de ser hombre, sujeto a todas las debilidades y limitaciones humanas. Entre su humanidad y su papel de representante de la divinidad puede que no haya ninguna contradicción, pero hay al menos espacio suficiente para el humor.

Richter definía el humor como “lo sublime al revés”. El revés de lo sublime es lo humano común, y el humor no hace sino mostrarnos lo sublime por el forro, el tapiz por la otra cara, El primado de San Pedro vuelto hacia la pared y ostentando un aviso escrito con rotulador: “¡Ojo!, frágil” Todos los seres humanos resultan vulnerables al humor, pero los eclesiásticos un poco más, puesto que en ellos es mayor la distancia entre lo sublime y lo cotidiano, entre lo que representan y lo que son. Tienen que fustigar los pecados y a la vez tienen que reconocerse pecadores. Están obligados a coger peces sin que se les moje la capa magna. El humor se limita a poner de manifiesto algo muy evidente: aunque el hombre se vista de seda, por cardenalicia que sea, hombre se queda.

Hay una anécdota muy ilustrativa. En una parroquia rural necesitaban un cristo para el altar mayor. Mejor que comprar una imagen fabricada en serie, prefirieron encomendar el trabajo a algún tallista de la ciudad, ya que uno de los feligreses había regalado para ello un magnífico tronco de ciruelo. Cuando trajeron el cristo al pueblo, fue entronizado solemnemente. Todos los fieles de la parroquia pasaron a adorarlo. Todos menos el donante. “Y tú ¿por qué no?” “Porque yo lo conocí ciruelo”. No hay que olvidar la madera común con que los pecadores y los obispos están fabricados. Son hombres y también pecadores, quizá más menesterosos que nadie y más indefenso ante Dios. Por cierto, ¿alguien se ha dado cuenta de que todos los Papas mueren sin recibir la bendición papal?

Los norteamericanos están muy orgullosos de su democracia y se precian de que en su país existen las mismas oportunidades para todos los ciudadanos: cualquiera puede llegar allí a ser presidente del Gobierno, sin duda es así, y la mejor prueba de ello la tienen en su presidente actual. Pues bien, yo estoy pensando ahora en un Cónclave de cardenales reunido para elegir Papa. El Cónclave es un congreso de electores donde se supone que, además de una irreprochable democracia, hay un gran espíritu de fe. Los cardenales se han propuesto proceder en todo de acuerdo con los designios de Dios. Así se hace, y cuando las votaciones han designado por mayoría absoluta a uno de los candidatos, el cardenal camarlengo se levanta, pronuncia emocionado su nombre y añade a continuación estas palabras de san Pablo: “Dios ha escogido lo necio para humillar a los sabios”. ¿Le parece a alguien una frase oportuna? Todo lo contrario. Si los electores hubieran procedido de otra manera, si se hubieran esmerado en elegir al candidato de más talento, al de mejores cualidades, habrían demostrado ser hombres mundanos y de poca fe; peor aún, habrían caído en las misma contradicción de quienes estamparon en los billetes de dólar esta absurda divisa: In God we trust (Nosotros confiamos en Dios).

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